Foto: Paola Torres - alcaldía local de Barrios Unidos
No se sabe exactamente cuánto tiempo llevaba amarrada a la intemperie, en esa azotea, sin alimento y sin agua para beber. Pero fue el suficiente para que la cuerda que hacía las veces de un improvisado collar comenzara a incrustarse en su cuello y para que su extrema delgadez permitiera contar sus vértebras y costillas por encima de la piel.
La llamada que alertó al equipo de Protección y Bienestar Animal de la Alcaldía Local de Barrios Unidos sobre su situación entró el 6 de agosto de 2025, a las siete de la noche. María del Pilar, veterinaria del equipo, no lo pensó dos veces: tomó su moto, avisó a sus compañeros y, juntos, llegaron al lugar.
La dueña de la perrita atendió el llamado a la puerta, permitió el ingreso de los profesionales y decidió entregarla voluntariamente. La encontraron allí, amarrada y nerviosa, sin entender qué estaba sucediendo. No ladró. No mordió. Quizás, al sentir el cariño con el que la veterinaria la trataba, entendió que la ayuda había llegado. La revisión médica evidenció que estaba desnutrida, deshidratada, tenía pulgas, otitis y varias lesiones en su cuerpo que, se presume, fueron ocasionadas por quemaduras de cigarrillo.
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, descansó en una cama blanda, al interior de la casa de Diana Abril, funcionaria de la Alcaldía, quien además es proteccionista animal de la localidad. Comía y bebía con gran ansiedad; no podía detenerse. Todavía no era consciente de que el alimento y el agua no volverían a faltar.
Al día siguiente, Dulce ( así la nombraron) aún sentía miedo. Caminaba con la cola entre las patas y las orejas hacia atrás. Aunque permitía que la acariciaran, no podía dejar de temblar. Sin embargo, había algo diferente en su mirada, una luz que no estaba la noche anterior, como si comprendiera que había sido rescatada y que el infierno había terminado.
La recuperación física y emocional de Dulce no fue fácil. Al principio, todo lo que comía lo vomitaba. Salía hacia la terraza y se acurrucaba en las esquinas, incluso cuando llovía. Siempre buscaba estar sola. Había perdido por completo la confianza en los seres humanos.
En ese proceso fue fundamental que Diana tuviera más animalitos en casa: siete perritos y tres gaticos, todos rescatados. Ellos se convirtieron en el puente para que, poco a poco, Dulce entendiera que estaba en un lugar seguro. Observándolos comenzó a relacionarse con las personas, a compartir espacios y a dejar atrás el miedo que la acompañó durante tanto tiempo.
Tras cuatro meses de cuidados, los cambios empezaron a ser evidentes. Recuperó peso, su cuerpo volvió a reflejar un buen estado de salud y el temor fue dando paso a la confianza. Hoy es la líder de su manada y busca a Diana y a su esposo para pedirles caricias, un gesto impensable para la perrita que un día llegó temblando y sin creer en nadie.
El caso de Dulce es solo uno entre tantos que se presentan en Barrios Unidos. Entre el 2025 y lo que va del 2026 el equipo de protección animal ha atendido cerca de 50 casos de presunto maltrato y abandono animal. Cada rescate es diferente, pero todos comparten el mismo propósito: dar una segunda oportunidad a estos seres que han sufrido a causa del abandono y la crueldad humana.
Una de esas historias es la de Ema,
una perrita que llegó después de que una vendedora ambulante la encontrara en un caño. Tenía las glándulas mamarias completamente abiertas a causa de una mastitis necrotizante, además de deshidratación, pulgas y un profundo temor al contacto humano. Durante varias semanas recibió curaciones diarias, medicamentos y cuidados permanentes por parte del equipo veterinario y de la proteccionista Laura Arias. Con el paso de los días dejó de gruñir, comenzó a mover la cola cuando reconocía a quienes la atendían y hoy es una perrita tranquila, amorosa y completamente recuperada.
También está Pepe, un shih tzu geriátrico que fue abandonado dentro de una caja. Estaba ciego, con problemas de movilidad, lleno de nudos, pulgas y varias enfermedades que requerían tratamientos permanentes. Aunque muchas personas se interesaron en adoptarlo por ser un perro de raza, desistían cuando conocían los cuidados que necesitaba. Después de varios meses de fisioterapia y gracias a una campaña de adopción realizada antes de Navidad, encontró una familia que decidió recibirlo sin importar su condición. Hoy continúa sus terapias y disfruta de una vida rodeada de cuidados y afecto.
Entre los rescates también está el
de Crispy, un perro ciego que permanecía amarrado a un portón durante el día y la noche, con apenas una cobija y un balde con agua. Dormía sentado porque la cuerda no le permitía siquiera acostarse. Ante el riesgo de que fuera abandonado, el equipo de Protección y Bienestar Animal gestionó un espacio para recibirlo en la Alcaldía Local. Allí aprendió a reconocer cada rincón con la memoria, recuperó la confianza y hoy recibe cada mañana a funcionarios y ciudadanos moviendo la cola, convertido en uno de los compañeros más queridos de la sede.
Detrás de cada uno de estos casos hay un arduo trabajo del equipo de protección animal y de los proteccionistas de la localidad. Una labor que implica noches de trasnocho, lágrimas, frustración, pero sobre todo, mucho amor por los animales; cuya mayor recompensa es ver cómo recuperan la confianza y encuentran una segunda oportunidad para vivir rodeados de amor.
María del Pilar, resume ese proceso con una reflexión que nació de acompañar decenas de rescates: “Después de que alguien te hace tanto daño, ¿Cómo vuelves a confiar en alguien?”. La respuesta, asegura, está en la paciencia, el respeto y el cuidado diario. Cada acercamiento, cada tratamiento y cada caricia ayudan a demostrarles que no todas las personas representan una amenaza.
Hoy, Dulce ya no duerme amarrada en
una azotea. Descansa rodeada de una manada que también conoció el abandono y busca las caricias de quienes le devolvieron la confianza. Su historia, como la de Ema, Pepe y Crispy, recuerda que el mejor homenaje en el Día Mundial del Perro no es una fecha en el calendario, sino cada acto de amor hacia ellos, es ser hogar, ayudar, no abandonar, cuidar, proteger y adoptar responsablemente.