Fotografía: Ángela Vasquez - Secretaría Distrital de Gobierno
Esta es una historia sobre el poder de la escucha y el diálogo en Bogotá. Crónica desde el corazón de una protesta.
Una mañana que inició con caos
El 30 de octubre amaneció agitado. A las siete de la mañana la ciudad estaba en confusión: arengas, pitos, semáforos en verde que no ponían en marcha el tráfico y el pulso acelerado de quienes intentaban llegar a tiempo a sus lugares de trabajo. Fue en ese momento cuando recibí el primer mensaje: una compañera que se movilizaba en trasporte público me pedía ayuda para salir del embotellamiento. Yo me encontraba cerca del punto de bloqueo, así que tenía la posibilidad de recogerla y, juntas, aventurarnos a buscar una ruta alterna que no estuviera bloqueada por motociclistas.
El origen de una de las tantas protestas
Todo comenzó cuando la Administración Distrital expidió el Decreto 528 de 2025, una medida transitoria que prohibía la circulación de motos con acompañante (parrillero) y restringía la movilidad de todas las motocicletas entre las 8:00 p.m. y las 5:00 a.m. en las principales vías de la ciudad.
La decisión buscaba reducir accidentes y alteraciones al orden público durante el puente de Halloween, fechas en las que tradicionalmente se registraban las llamadas rodadas del terror. Sin embargo, la medida fue percibida como una limitación al derecho al trabajo y a la movilidad, especialmente para quienes usan la moto como herramienta laboral.
Entre el tráfico y la tensión
Mi compañera decidió caminar, mientras tanto yo, avanzaba lentamente por calles cada vez más colapsadas. La Administración Distrital, por su parte, advertía que quienes incumplieran las restricciones enfrentarían multas de más de 600 mil pesos e inmovilización del vehículo.
Lo único que parecía importarme era encontrar una vía libre para continuar el día, porque preciso este día, que ya lo llevaba cargado de emociones negativas, estaría en el rol de gestora de Diálogo y Convivencia. Me esperaban a las ocho de la mañana, sin embargo, llegue al punto de encuentro a las 9:15. El silencio del motor se sintió como un respiro.
Bogotá: la ciudad que se expresa a diario
Cada día, en algún punto de sus avenidas, alguien levanta la voz. En lo corrido del año, se han acompañado 1.378 movilizaciones sociales.
Bogotá seguirá hablando, porque el silencio nunca ha sido su manera de existir, y en medio de esta dinámica, cobra especial valor la labor de las 85 gestoras y gestores de diálogo y convivencia, que integran el equipo de movilización de la Secretaría de Gobierno, a quienes acompañé sin atreverme a decir que fui gestora por un día, porque son zapatos muy difíciles de llevar.
Que va a saber el burro de chicle, si lo único que mastica es paja
Las primeras recomendaciones fueron claras, siempre estar en grupo, tener el cabello recogido, usar aretes cortos, y tener siempre puesta la gorra con protección, sentí temor, pero me explicaron que la chaqueta blanca que vestíamos goza de reconocimiento y respeto, sin embargo, en caso de alteración del orden público, podían presentarse daños colaterales.
Me daba pena que mi inexperiencia fuera un factor distractor para el equipo, que se sintieran acosados con el bombardeo de preguntas que les aseguro que hice, o que surgiera repentinamente de mi parte un comentario fuera de lugar, motivado por la apatía que sentimos quienes resultamos afectados por las jornadas que entorpecen la rutina.
Me mentalice que, si o si debía tener paciencia y autocontrol, y sobre todo sabiduría para aprender del equipo de Diálogo, porque para cuidar la vida, la integridad y la dignidad de las personas se necesita más que ganas de trabajar.
La marcha que se retrasó por culpa de otra marcha
Estaba previsto que La Federación de Docentes en Colombia, FECODE, convocara movilizaciones en varias ciudades, para exigir mejoras en salud, condiciones laborales y cumplimiento de acuerdos.
En Bogotá la marcha partiría desde el parque Nacional hasta la Plaza de Bolívar. Yo acompañaría al equipo de Diálogo en esta jornada que se supone arrancaría a las 10 de la mañana, sin embargo, la aglomeración de personas en el Parque Nacional no era la esperada. En ese momento se encontraban 9 puntos de bloqueos activos a cuenta de la protesta de moteros, y quienes se desplazaban, incluso desde poblaciones aledañas, no habían podido llegar al punto de concentración.
Se esperaba que la manifestación transcurriera sin mayores contratiempos, (no esperaba menos de un equipo de docentes) sin embargo, el desplazamiento cambio de destino. A las 10:30 de la mañana nos comenzamos a mover hacia el norte de la ciudad por la Carrera Séptima, un desplazamiento tres veces más largo que el previsto inicialmente. Me ubiqué junto a otras 4 personas en el lateral izquierdo de la manifestación, la jornada por estos lados pintaba tranqui, lo que me hizo preguntar ¿qué hace el equipo de Diálogo cuando no está mediando en un conflicto?
El arte de evitar que empiece la confrontación
Diría que el equipo de Diálogo Social y Convivencia está hecho de madera teca: resisten el sol y la lluvia sin perder su forma. Llevan la empatía como escudo y el diálogo como herramienta. En lugar de imponer, proponen; en lugar de confrontar, conectan.
A quienes dudan de la importancia de su labor, les cuento que, aunque el 94% de las movilizaciones sociales acompañadas este año han sido pacíficas, en la calle puede pasar cualquier cosa, y no precisamente por cuenta de las y los manifestantes.
El pan diario de una manifestación está hecho de imprevistos: conductores enfurecidos, ambulancias que deben avanzar entre la multitud, personas con necesidades especiales que requieren asistencia, el veci que se ofende porque considera que las marchas son herramientas políticas, la vendedora informal que, con líquidos hirvientes y una pipeta de gas, representa un riesgo inadvertido.
Más que calmar los ánimos, lo valioso de este grupo de valientes es que controlan situaciones que pueden ser detonantes y previenen que la confrontación empiece.
Su día inicia antes de lo que muchos imaginan, incluso, algunos tienen la sensación de que su día no acaba. Para quienes odian la monotonía, es el trabajo perfecto: cada jornada es un escenario distinto, cada manifestación un desafío nuevo. Son quienes recuerdan que el diálogo, más que una estrategia, es un acto de humanidad.
Los ojos y oídos de la ciudad
La manifestación seguía avanzando. A mediodía ya se extendía a lo largo de diez cuadras y se calculaba que participaban alrededor de 3.500 personas. Mientras tanto, en diferentes puntos de la ciudad permanecían once focos de protesta activos.
Las y los gestores a quienes acompañaba no perdían detalle del entorno: unos contenían a actores viales alterados, otros abrían paso para que las ambulancias pudieran avanzar. Yo, entre indicaciones y advertencias, no paraba de hacer preguntas para poder contarles a ustedes una buena historia.
Fue entonces cuando Pablo, uno de los gestores, me habló de Poliscopio, un término que hasta ese momento me sonaba ajeno. Me explicó que se trata de un sistema de información del Observatorio de Conflictividad Social y Derechos Humanos de la Secretaría Distrital de Gobierno de Bogotá. Este sistema permite registrar y analizar en tiempo real los datos de las movilizaciones sociales, con el propósito de monitorear posibles vulneraciones de derechos humanos, identificar patrones de protesta y fortalecer la gobernabilidad.
En palabras más sencillas, al reportar todo lo que ocurre durante una manifestación, los equipos de Diálogo se convierten en los ojos y oídos del Centro de Comando, Control, Comunicaciones y Cómputo de Bogotá - C4. Facilitando la rápida acción y la toma de decisiones.
Ser diálogo en una ciudad que no calla
Al caer la tarde, los pasos se mezclaban con el cansancio, con el hambre y con las ganas inaguantables de ir al baño. Las consignas empezaban a diluirse y, poco a poco, la marcha se disolvió en la cotidianidad bogotana. Para las y los gestores, sin embargo, el trabajo no terminaba allí. Aún debían hacer reportes, entregar datos, revisar incidentes y preparar el acompañamiento de la próxima jornada.
Ser gestor o gestora de Diálogo no es un oficio sencillo. Exige cuerpo, mente y corazón. Caminan durante horas, aunque el clima cambie. Su tarea es profundamente física, pero también emocional. Y aunque su labor pocas veces aparece en titulares, cada jornada que termina sin violencia también lleva su huella. Quizás por eso, después de acompañarles, comprendí que en Bogotá no solo se dialoga en medio del conflicto. Y que, en una ciudad que grita todos los días, hay quienes se dedican —silenciosamente— al arte de acompañar, observar y escuchar.
Gestoras y gestores, les admiro, aplaudo y respeto profundamente. Su trabajo es extremadamente difícil, por favor no me vuelvan a invitar.