Foto: Ever Mercado - nivel central
En los últimos días es probable que hayas escuchado este término, que es tan enredado de pronunciar, como de entender. Aquí hay una explicación desde la mirada de un costeño.
Me gusta el color. Como buen hijo de la costa Caribe, criado bajo un sol canicular, mis ojos disfrutan de la alegría de los colores, ya sea en los estampados de la ropa, en las fachadas de las casas, en el cielo del atardecer. Cuando llegué por primera vez a Bogotá, por allá en el año 1999, en pleno furor de “Yo soy Betty la fea”, recuerdo haber salido un día a la ciclovía del domingo en la Carrera Séptima, vistiendo una camiseta de flores rosadas sobre un fondo verde, cuando un amigo barranquillero se me acerca y me dice “Te vi a un kilómetro y dije: este debe ser costeño”.
Esto retrata uno de los primeros choques culturales a los que me enfrenté en Bogotá. Y es que acá suelen ser mucho más sobrios con el uso del color. Seguramente en el 99 habíamos muchos menos costeños en la capital que los que hay hoy en día. Y ya desde entonces, estas diferencias culturales hacen que uno, por momentos, se sienta un poco ajeno. Esta es la razón por la que me dio tanto gusto escuchar al secretario de Gobierno, Gustavo Quintero, decir: “Es que bogotana o bogotano no es quien nació en Bogotá, sino quien la habita”. Una frase tan sencilla como poderosa, que me invita —con todas las de la ley— a sentir que hago parte de esta ciudad, con los derechos y deberes que ello conlleva.
Esta frase hace parte de un concepto que busca aglutinar la diversidad bogotana bajo un nombre: la Bogotaneidad.
De acuerdo con el censo del Dane, en 2018 en Bogotá había casi un 38% de migrantes totales (tanto de otras ciudades de Colombia, como de otros países), es decir, más de la tercera parte de los habitantes de la ciudad no nacieron en ella. Esto convierte a Bogotá en la ciudad más diversa de Colombia. Y la diversidad, muy en contra de lo que piensen algunas lideresas o líderes mundiales, tiene muchas más ventajas que desventajas.
La diversidad en una ciudad potencia la innovación, la resiliencia económica y la creatividad al reunir diversas perspectivas. Enriquece socialmente con intercambio cultural, atrae talento global, mejora la competitividad económica y promueve una sociedad más abierta y tolerante.
Vivir en Bogotá nos brinda la posibilidad de comer, un día, un encocado del pacífico, al día siguiente una posta cartagenera y luego un mute santandereano; de escuchar música andina de los pueblos indígenas, calipso de los raizales o disfrutar danzas del pueblo Rrom.
Bogotanos y bogotanas (grupo en el que ahora me incluyo) tenemos una responsabilidad enorme con esta ciudad que ha acogido flujos migratorios de la más diversa naturaleza. Esta responsabilidad va desde pequeños actos de amor, como el no ensuciar el espacio público, hasta un compromiso emocional que nos haga sentir orgullo por los logros de ciudad. Ya que somos dueños, en propiedad, de esta gran casa, sabemos que cada pequeño acto tiene una repercusión sobre nuestra propia calidad de vida.
Bogotaneidad es, en esencia, sentir que hacemos parte de una ciudad que nos impulsa, nos acoge y nos brinda la posibilidad de hacer un proyecto de vida sin renunciar a nuestras tradiciones, identidad y estilo de vida. Por esto es que hoy en día, a pesar de que le he encontrado el gusto a los colores neutros en la ropa, sé que podría seguir usando mis camisetas coloridas sintiéndome en propiedad un bogotano orgulloso de mi ciudad.
Te puede interesar: Recorriendo la Bogotaneidad