Foto: Alejandro Zuluaga
La Esquina Redonda es mucho más que un centro de atención. Es un espacio de memoria, arte, pedagogía y encuentro. “Aquí replicamos las voces de quienes no tienen voz. Jóvenes del equipo crearon recorridos turísticos por el barrio, lleno de historia, monumentos y patrimonio”, comenta Susana Ferguson, su coordinadora.
Bogotá, julio 4 de 2025. Hace pocos días, una joven embarazada, víctima de violencia, llegó a las puertas de La Esquina Redonda, el único edificio que quedó en pie del antiguo Bronx. En este lugar, símbolo de transformación social y urbana, pudo bañarse, alimentarse y recibir ropa limpia. Esta escena resume el propósito de La Esquina Redonda, un espacio comunitario del Bronx Distrito Creativo, que brinda acompañamiento, escucha activa y una red de apoyo a personas en situación de vulnerabilidad.
“La Esquina Redonda nació de un trabajo de investigación y sensibilización para crear un centro de escucha. Funciona en una casa patrimonial, la única que sobrevivió tras la intervención de las autoridades”, explica Susana Ferguson, educadora comunitaria de 64 años, coordinadora del programa de memoria y reducción de daño de este proyecto liderado por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño (FUGA).
La joven sabía que encontraría una mano amiga en el equipo de pares comunitarios, personas con experiencia directa en el territorio. “Nos reconocen como un espacio amoroso, donde se reconstruyen la fe y la esperanza. Tratamos de articular con la oferta de servicios institucionales”, afirma Susana.
Una vida dedicada a lo social
La vocación de Susana nació en su infancia, inspirada por sus padres: un médico de la Universidad Nacional y una enfermera. “Durante las vacaciones en la finca en La Dorada, ellos atendían a campesinos, llevaban muestras médicas y ayudábamos con la comida. Ahí nació mi amor por el trabajo comunitario”.
Con casi 40 años de experiencia en procesos sociales en el centro de Bogotá, recuerda que comenzó en el barrio Egipto, en la Casa de la Ternura, un hogar para mujeres gestantes. “Allí conocí y trabajé con personas consumidoras, travestis y habitantes de calle”.
Gracias al apoyo de Cáritas Alemania, se formó como investigadora en reducción de daño. “Aprendí que la drogadicción debe abordarse desde lo comunitario, no solo desde la seguridad o la abstinencia. Integramos el arte, la creatividad y la salud mental en los procesos de sanación”.
Su experiencia fue clave para acompañar a la población desalojada del Cartucho, antigua zona de alto impacto social que dio paso al Bronx. “Esa etapa me conectó con el IDIPRON. Estuve con los jóvenes que fueron trasladados a la casa de la Rioja tras el desalojo del Bronx en 2016. Durante cuatro años, trabajamos con ellos en propuestas alternativas de reducción de daño”.
Entre las iniciativas que lideró, destaca una maqueta del Bronx creada por jóvenes, junto con piezas audiovisuales sobre sus vidas. “La muestra fue tan impactante que llegó al Museo Nacional y atrajo la atención de la entonces directora de la FUGA. Así nació mi vinculación con el proyecto de La Esquina Redonda”.
Un oasis en medio de la transformación
Hoy, La Esquina Redonda es mucho más que un centro de atención. Es un espacio de memoria, arte, pedagogía y encuentro. “Aquí replicamos las voces de quienes no tienen voz. Jóvenes del equipo crearon recorridos turísticos por el barrio, lleno de historia, monumentos y patrimonio”, comenta Susana.
Mientras avanzan las obras físicas, el trabajo continúa con actividades como maquetas, bordado, estampado, cultivo en huertas, cocina comunitaria y reciclaje. “Nos visitan colegios, universidades y empresas. Algunos traen alimentos como aporte, y otros pagan a los pares comunitarios por los recorridos guiados”.
Uno de los logros más significativos ha sido el fortalecimiento de los grupos de autoayuda, donde se abordan experiencias de violencia intrafamiliar y consumo problemático. “El arte permite expresar el dolor, reconocer que no estamos solas y construir redes de apoyo para sanar colectivamente”, señala Ferguson.
Retos para seguir avanzando
A pesar de los logros, aún hay desafíos. El caso de la joven agredida lo evidencia: “No conseguimos un cupo para atención especializada. Nos pidieron esperar ocho días, pero eso es demasiado. La alternativa para ella puede ser volver al bazuco. Necesitamos dispositivos comunitarios integrales con verdadera articulación territorial”.
Susana mantiene la esperanza en una nueva sede con un equipo sólido. “Queremos evitar que un consorcio externo maneje todo. Apostamos por un modelo comunitario donde los servicios estén a cargo de quienes conocen el territorio”.
Y el sueño sigue creciendo: “Quiero crear un colectivo de jóvenes exhabitantes de calle que se encargue del reciclaje en el Bronx Distrito Creativo. Que no haya intermediarios y que la inclusión social sea real, digna y sostenible”.