En el primer día de retorno, la comunidad Embera se alista para subir a los buses que los llevarían hasta Pueblo Rico - Risaralda.
Me uní a la caravana del retorno Embera no para contar la historia, sino para caminarla. Así fue mi experiencia.
¿A son de qué te vas con ellos?
Cuando le conté a mis personas allegadas que me ofrecí para acompañar hasta el municipio de Pueblo Rico la caravana de retorno de la comunidad Embera —que desde el 19 de mayo de este año permanecía en las inmediaciones del Parque Nacional, en Bogotá— todas lo tomaron con asombro. No entendían a son de qué me embarcaría en un recorrido terrestre de 10 horas con perros, gatos, conejos, gallinas y 516 personas, en su mayoría niñas y niños, hacia los límites del departamento de Risaralda con el Chocó.
No como periodista, sino como cuidadora
Esta travesía no la realizaría en calidad de periodista, sino como parte del equipo logístico encargado de garantizar un acompañamiento digno y respetuoso en el retorno a sus territorios, en función del restablecimiento de sus derechos.
Personas de diferentes dependencias y alcaldías locales de la Secretaría Distrital de Gobierno, miembros de varias entidades distritales y de la Consejería de Paz, Víctimas y Reconciliación nos embarcamos el lunes 8 de septiembre en la travesía que algunos miraban con preocupación.
El viaje empezó antes del viaje
A las cinco de la tarde nos dimos cita en el Parque Nacional, pero el trabajo para concretar la primera de las tres fases del retorno había comenzado mucho antes: mesas de diálogo, jornadas de caracterización, atención en salud y, por supuesto, la organización del gran despliegue logístico y la articulación institucional necesaria para movilizar a más de 1.400 personas.
Cuidar sin juicio, acompañar sin miedo
Quienes acompañaríamos los 16 buses fuimos designados como monitores y monitoras. Nuestra tarea era cuidar a la comunidad Embera en todo el sentido de la palabra: verificar que nadie se quedara, procurar que el viaje fuera cómodo, ofrecer alimentos, bebidas y elementos de aseo, e incluso sostener la bolsa plástica de quien se mareara. Un gran reto para quienes no estamos acostumbradas a hacer las cosas desde la empatía por otras personas.
A las 9:00 de la noche comenzó la movilización de la caravana, acompañada por la Policía y una ambulancia medicalizada. Tras 404 kilómetros de recorrido —con una sola parada para que un menor fuera atendido por una molestia en el oído— puedo decir que todo transcurrió con tranquilidad.
No voy a romantizar esta experiencia. La comunidad Embera tiene costumbres distintas y formas particulares de relacionarse que implican desafíos. La percepción que tenemos de ellos y ellas ha estado marcada por tensiones en el uso del espacio público y por situaciones que han vulnerado los derechos de algunos de sus integrantes. Pero la forma en que les vemos dice tanto de ellos como de nosotros mismos. Olvidamos que detrás de cada familia hay historias de desarraigo, resistencia, riqueza artística y múltiples maneras de habitar.
Pueblo Rico: un destino que es solo el inicio
A Pueblo Rico llegamos a las 7 de la mañana del martes 9 de septiembre. Después del desayuno comenzó el proceso de entrega de apoyos económicos y desembarque de enseres. Las personas monitoras fuimos sus caras más cercanas, sus guías durante un proceso que se extendió durante horas. Apenas al atardecer, la mayoría se embarcaba en viajes de hasta siete horas más para llegar a sus territorios.
Dos días después, el miércoles 10, otras 568 personas retornaron desde el asentamiento de La Rioja. Finalmente, el jueves 11 de septiembre, 380 personas emprendieron su regreso desde La Florida. Así concluyó un retorno de más de 1.400 personas que no solo movilizó buses y camiones, sino también voluntades, entre ellas la mía.
¿A son de qué me fui con ellos?
A son de que no todo se entiende desde lejos. A veces, solo caminando con otras personas y culturas se aprende a mirar distinto.