Artista, socióloga, soñadora, creyente del diálogo, familiar y una líder que con su forma de ser transformo personas y el arte.
Artista, socióloga, soñadora, creyente del diálogo, familiar y una líder que con su forma de ser transformo personas y el arte.
En una ciudad marcada por los ecos de la guerra, Ana María Cuesta León fue palabra sanadora, acción comprometida y memoria viva. Su partida deja un vacío profundo en los procesos de reconciliación y construcción de paz en Bogotá, pero también una estela luminosa que continúa guiando el camino del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y de todas las personas que creen que otra ciudad —más justa, más digna es posible.
Desde la Secretaría de Gobierno, rendimos este homenaje como un acto de reconocimiento, gratitud y compromiso con su legado. Ana María fue mucho más que la directora del Centro: fue su alma, su brújula ética, su voz firme pero empática, capaz de tender puentes entre el dolor y la esperanza.
La memoria como legado
Durante su gestión, el Centro se consolidó como un faro para las víctimas del conflicto armado, del paro nacional y del 9S, como un espacio de escucha, verdad y dignidad. Ana María sabía que la paz no se decreta: se construye todos los días con las comunidades, con las organizaciones sociales, con los líderes y lideresas que han resistido la violencia y que aún creen en la fuerza de la palabra. Bajo su liderazgo, el Centro dejó de ser solo un lugar físico para convertirse en un tejido colectivo que abraza, transforma y dignifica.
Su impulso permitió visibilizar las memorias de las mujeres, de las comunidades étnicas, de las juventudes y de quienes defienden los derechos humanos en los territorios más olvidados. Ana María sacó la memoria de los archivos y la llevó a las calles, los barrios, los colegios y las universidades, convencida de que debía ser vivida, dialogada y disputada en el presente.

Una sonrisa como puente del diálogo
Ana María Cuesta León no fue una funcionaria más: fue una defensora incansable de la vida, una comunicadora rigurosa, una mujer valiente que no se dejó intimidar por los discursos del odio y la negación. En cada foro, en cada exposición, en cada diálogo territorial, su presencia fue sinónimo de respeto, sensibilidad y transformación. Su mirada crítica, su rigor intelectual y su calidez humana la convirtieron en una interlocutora imprescindible para víctimas, defensores de derechos humanos, instituciones y ciudadanía.
Bogotá la despidió con tristeza profunda, pero también con la certeza de que su huella es imborrable. Desde la Secretaría de Gobierno reafirmamos nuestro compromiso de seguir caminando por la senda que ella ayudó a trazar: una ciudad que no olvida, que reconoce sus memorias diversas y que apuesta por la paz total desde lo local.
Ana María, sembró la palabra, supo escuchar los silencios, y dio las pautas por tejer futuro con los hilos del pasado. Su legado vive en cada acto de justicia restaurativa, en cada espacio de verdad, en cada paso hacia una Bogotá reconciliada.