Más Cultura Local transforma cultura en participación
Museo de Trajes se abre al territorio y, con Más Cultura Local, conecta saberes, comunidad y memoria viva en La Candelaria, transformando cultura en participación.
En el barrio La Candelaria, a pocas cuadras de la Plaza de Bolívar, hay un museo que durante más de medio siglo ha contado la historia del país a través de lo que vestimos: telas, bordados, fibras y siluetas que hablan de identidad.
El Museo de Trajes, nacido desde la antropología y con una vocación profunda por narrar la diversidad cultural de Colombia, entendió que conservar la memoria no es suficiente: también hay que activarla, compartirla y permitir que otras personas la habiten.
Y así, sin perder su esencia, el museo empezó a abrirse de otra manera, como una expansión natural de su historia.
Una apuesta que conecta el museo con su territorio
Esa apertura encontró un camino concreto en Más Cultura Local, una estrategia que impulsa procesos culturales desde las localidades y que, en La Candelaria, se traduce en incentivos, estímulos y proyectos construidos por la gente.
En 2025, esta apuesta se materializó en una inversión superior a los 890 millones de pesos por parte de la Alcaldía Local de La Candelaria, acompañada por la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte y la FUGA, lo cual permitió fortalecer múltiples iniciativas culturales en el territorio como el Museo de Trajes.
Más allá de la cifra, lo relevante es lo que hizo posible: reconocer saberes y abrir nuevas formas de relación entre el museo y su entorno.
Romper la barrera invisible
Aunque el museo está en pleno centro histórico, durante años existió una distancia silenciosa con sus habitantes. Personas que vivían a pocas cuadras, pero que no cruzaban la puerta.
Para cambiar eso, el equipo decidió salir: buscar a la comunidad en sus propios espacios, recorrer casas comunitarias, hablar con grupos de personas mayores, jóvenes, tejedoras y procesos de huertas urbanas en barrios como Egipto y La Concordia.
Se trataba de invitar y construir vínculos.
Muchas de las personas que participaron en los talleres llegaron por primera vez al museo. Otras lo resignificaron y pasaron de ser visitantes para convertirse en parte activa del proceso.

Freddy Chicangana: el hilo conductor
En el centro de esta experiencia estuvo Freddy Chicangana, sabedor, artista y guía del proceso. O, como él mismo se nombra en lengua quechua, Wiñay Mallki: “lo que permanece en el tiempo”.
Desde el inicio hizo parte de la construcción del proyecto, propuso los temas, definió las metodologías y lideró cada encuentro.
Cinco sesiones marcaron el camino: agua, aire, tierra, fuego y dualidad.
Más que talleres, fueron espacios de encuentro donde la gente habló de su vida, de sus problemas y de su relación con el territorio. Pero también fueron espacios de creación.
Convocatorias: del proyecto a la realidad
El museo ya venía trabajando con comunidades, pero encontró en estas becas la posibilidad de llevar esa idea a la acción. “Vimos una oportunidad grandísima”, explica Ana María, parte del equipo del Museo de Trajes: crear espacios de co-creación y conectar el conocimiento con la localidad.
Más que financiar, estas iniciativas hacen posible que los proyectos existan, reconocen los saberes y conectan procesos en el territorio.
Para el museo, fortalecen su impacto en la ciudadanía. Para Freddy, permiten tejer lazos y comunidades.
No es solo financiamiento. Es trabajo en equipo por un propósito superior, es reconocimiento y continuidad.
Lo que se transforma
Más de 120 personas participaron en el proceso. El impacto va más allá de la cifra, llega a las tejedoras que incorporaron nuevos símbolos en sus piezas, grupos artísticos que encontraron otras formas de narrarse, procesos comunitarios que fortalecieron su identidad y huertas urbanas que comenzaron a entenderse desde saberes ancestrales.
En estos espacios, además de conocimiento, también se construyó confianza.
Y, como lo plantea Freddy, fue "una forma de nutrir la sociedad: abrir diálogos, fortalecer valores y permitir que distintas generaciones imaginen otros universos posibles”
Lo que permanece
Al final, lo que queda no es solo un proyecto exitoso. Es una transformación más profunda.
Un museo que se abre, una comunidad que se reconoce y un diálogo que empieza a tejerse entre generaciones y saberes.
Freddy lo advierte en su conversación: los pueblos originarios tienen mucho que aportar, pero aún enfrentan el desconocimiento, la discriminación y la falta de confianza en sus saberes.
Por eso insiste en la importancia de estos espacios, que acercan la cultura y permiten reconstruir identidad, cuestionar miradas impuestas y dejar de entendernos únicamente desde referentes externos. Y en ese señalamiento hay una invitación “volver a lo propio,
reconocer lo que ya existe y construir desde ahí”.
El museo sigue en pie y además de contar historias, ahora las comparte con quienes las viven.