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La tijerita de Alicia

Sábado, Marzo 13, 2021
La tijerita de Alicia

“Popelinas, muselinas, tules, blondas, linos, chalises, dacrones, chifones, satines, driles, lycras, antifluidos, telas para manteles, para cortinas, para tapizados, resortes, hilos, botones, agujas, encajes, lanas, guata, edredones, apliques, cremalleras, millarés, lentejuelas… Usted solo nómbrela y si existe esa tela, esa prenda, ese proceso textil, en Alquería se consigue”.

Eso lo dice Alicia Pulido con seguridad. Las paredes de su local están cubiertas de piso a techo con piezas de tela de todo tipo, de cada color y estampado imaginable o por imaginar.

“Pero esto no fue siempre así de bonito y de grande”, dice. Antes los años sesenta del Siglo XX, La Alquería eran tierras de cultivo de la sabana de Bogotá, como buena parte de lo que hoy es la ciudad urbanizada.  “A principios de los 60 llegamos por acá y compramos un lote y de ahí ya empezamos a construir. El agua se traía en baldes, el viento nos levantaba los techos. Eso fue un tiempo muy difícil, sumercé”.  Su acento y sus formas suaves de mujer boyacense son muy presentes.

Por la venida del papa Pablo VI a Bogotá se construyó la avenida 68. Su nombre original es ‘Avenida del Congreso Eucarístico’ y hay quién asegura que se llama 68 por el año de esa visita. Lo cierto es que con la avenida se aceleró la urbanización del barrio.

Sus cinco hijos nacieron en La Alquería, por lo que este barrio también es la historia de ellos. “Era un barrio-barrio, de solo casas, con alguna tienda o panadería, pero sin comercio. Mi infancia fue de jugar en las calles y en los parques y lotes del vecindario”, recuerda Óscar, de 55 años, el mayorcito de doña Alicia.

“Fue por allá por los 80 que por la necesidad, porque estaba sola pues mi marido se había ido para Venezuela a buscar vida, que se me ocurrió que podía hacer lo que hacía doña Edelmira (otra de las pioneras, ya fallecida): comprar retazos de las fábricas de telas del Restrepo y vender”, dice.

Para ese entonces, la industria textil era un negocio muy próspero, como nos lo contó Daniel, de otro de los primeros almacenes del sector. Se generaban piezas de segunda de muy buena calidad y a un precio ridículamente bajo.

La idea de estas mujeres dio frutos rápidamente, como rápidamente sus pequeños puestos instalados sobre cajas en la puerta de sus casas crecieron. Nuevas puertas de otras casas se convirtieron a su vez en locales comerciales.

Muchas veces ha tenido que volver a empezar desde cero, pero la seriedad de su palabra y el empeño de mujer cabeza de hogar que siempre ha sido le han valido más que la plata en la mano y después de cada tormenta se ha vuelto a construir.

Su casa, donde hizo su invento, sigue siendo su local, aunque ahora de varios pisos e irreconocible, tanto como La Alquería, que fuera sembradío de cereales y hoy es un estallido de colores y texturas para vestir gente y objetos de Bogotá y ciudades cercanas.