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Doña Eugenia, dueña y señora del fruto sagrado

Martes, Marzo 2, 2021
Doña Eugenia, dueña y señora del fruto sagrado

Apenas uno se arrima al puesto de piques de Doña Eugenia y la nariz se entera y la boca se hace agua. Olores que son sabores, que son colores, en cada frasco de conservas, de condimentos en polvo, de cada fruto de ají seco o tierno.

“Tengo ají chivato, chipotle, rocoto, jalapeño, guajillo, de árbol, pasilla, morilla, ancho, gindiya, panco…”, dice esta mujer de 71 años. Una llamada telefónica interrumpe su padrenuestro: “No señor, no se puede. No es por el precio, no. Le vendo el ají como me llegó, combinado de verde y maduro, porque no puedo dejar a mis otros clientes sin producto”. Directa, sin tono dulce o amargo. “Yo soy así, sumercé, conmigo al pan, pan”, me dice mirándome de frente con sus ojos negros enmarcados en cejas pobladas. No me queda duda, es una persona seria.

Llega un señor con una carretilla de 5 bultos de ají: “¡Sí, déjemelos ahí, muchas gracias!”. Revisa que queden bien ubicados y me comparte su pensamiento: “Yo respeto mucho el trabajo del campesino y pago lo que hay que pagar y me dan lo mismo de vuelta y me mandan el mejor producto que tienen. Siempre”.

Ella es “una institución” en la plaza de mercado. No solo ante sus proveedores y clientes, sino entre sus compañeros de Paloquemao. “Estoy acá desde que comenzó la plaza, cuando esto aún era estación de tren. Imagínese”.

De la mano de su mamá Emilia, que la crio entre bultos de verduras en puestos de La Santafé, La Libertad, La Matallana, plazas de mercado que hoy sólo son recuerdo, aprendió este oficio. Apenas tuvo la edad de ser independiente, por curiosidad, fue experimentando la hechura del ají en conserva. Así lo cuenta: “Una vez fui a México y otra a Perú a aprender de los picantes de allá. No estudié, pero sí he aprendido mucho”.

“Acá es matriarcado”, resalta Diana, su hija, criada entre bultos de la plaza, pero ingeniera de alimentos. “Estas mujeres le hemos puesto la cara al machismo que le da a veces por creer que nosotras, por ser mujeres, no podemos. Pues ¡nada!, podemos con lo que nos toque. Y ahí ve, todas acá somos mujeres, templadas y trabajadoras”.

No han querido hacer industria, pues saben que la “pepa” de su negocio es la calidad del producto natural y no están dispuestas a ponerle conservantes. Eso bien lo saben sus clientes, pequeños y grandes, de acá y de más allá, que saben de su profesionalismo.

Aunque la pandemia le bajó en principio las ventas, finalmente lo que hizo fue reconfigurarle sus clientes, pues “bajaron los mayoristas y crecieron los pequeños y ahí, de poquito en poquito, vamos adelante”.

Es una mujer que ha abierto trocha en un mundo de hombres; que sabe que de lo que se da se recibe; que construye en el respeto por sus clientes, a quienes saluda por su nombre y pregunta por sus hijos, y en el esmero por su oficio, por su local, ordenado como si estuviera para fotos.  Es Doña Eugenia Montejo Vanegas, dueña y señora del fruto sagrado, el ají.